La gran tarea de la educación es conducir a la persona en su camino de crecimiento y maduración. El educador cristiano entiende como meta del proceso la figura de Jesucristo, que encarna en sí la plenitud de todo ser humano. Nosotras, mercedarias de la caridad, aun concretamos más la finalidad de nuestra labor educativa, inserta en la misión evangelizadora de la Iglesia. Según el carisma de nuestra Congregación, deseamos introducir a la persona en una dinámica de crecimiento que le ayude a alcanzar, en la medida de lo posible, su plena liberación.

Por carisma somos servidoras de la vida y del evangelio, de ahí que nuestros pasos vayan encaminados a la consecución y afianzamiento de unos valores que se encuentran fundamentados en la persona y mensaje de Jesucristo Redentor, origen y meta de todas las utopías.

Tenemos en nuestras manos la apasionante tarea de orientar el camino de nuestros alumnos hacia un futuro feliz. Es una labor ardua, pero interesante al mismo tiempo. No podemos concebir nuestro quehacer diario con un asunto meramente profesional. Esto sería infravalorar la tarea que nos ha sido encomendada. No es lo mismo trabajar con personas que hacerlo con cualquier producto destinado a la compra y venta. Nuestro trabajo cotidiano es mucho más sublime y trascendental de lo que a veces nosotros mismos podemos llegar a imaginar.

Encaminar a la persona hacia su propia felicidad debería ser el objetivo fundamental de todas nuestras programaciones y la causa principal de todos nuestros desvelos. Y para ello, nosotros mismos hemos de someternos a un profundo y serio proceso de liberación interior. Y es que nadie da lo que no tiene, por eso debemos empeñarnos a fondo en nuestro propio camino de maduración. Nadie ha alcanzado todavía la meta, y quien se considere perfecto se halla muy lejos de ser un verdadero educador. Porque una de las actitudes fundamentales del verdadero maestro es la humildad, que permite reconocer la propia pequeñez de nuestra persona, y desde ahí desear ardientemente el crecimiento y maduración de aquellos a quienes educamos. La propia experiencia a veces es el mejor libro donde podemos encontrar todo el material curricular que necesitamos.

El aprendizaje de conocimientos es básico en el amplio marco de nuestra escuela, pero no podemos olvidar la finalidad principal de nuestra labor: conducir a la persona hacia su plena liberación. De ahí que en nuestro proyecto educativo se conceda un papel indiscutible a la relación de valores, actitudes y normas, como pequeños pasos en la andadura del proceso. Y nosotros estamos aquí para servir y ofertar la gran posibilidad de llegar a ser personas en el amplio sentido de la palabra.

Nuestra Misión: ser Merced de Dios